El Día de la Candelaria, celebrado cada 2 de febrero en México, es una de las fechas religiosas y culturales más importantes del calendario, ya que conmemora la presentación del Niño Jesús en el templo, 40 días tras su nacimiento. Durante esta festividad, las familias acostumbran vestir y presentar al Niño Dios, y luego de la celebración, surge la interrogante sobre el lugar adecuado para colocarlo en casa.
De acuerdo con la tradición católica, tras ser presentado y bendecido en la iglesia, el Niño Dios abandona el pesebre—que generalmente se instala en la temporada navideña— y pasa a ocupar un espacio especial en el hogar, como un altar o rincón dedicado a la oración. En muchas viviendas mexicanas, es común ubicar la figura en un altar doméstico, acompañado de imágenes religiosas como la Virgen de Guadalupe, San José o santos de devoción familiar.
Expertos en tradiciones religiosas indican que esta transición simboliza el crecimiento del Niño Jesús, quien deja de ser solo un recién nacido para integrarse activamente en la vida espiritual familiar. Algunas familias optan por guardar la imagen en una repisa, vitrina o nicho, donde permanece todo el año hasta la próxima temporada navideña.
En distintas regiones de México, también prevalece la práctica de resguardar cuidadosamente la figura del Niño Dios después de la Candelaria. En estos casos, la imagen se envuelve en telas blancas o se guarda en una caja especial, con el respeto de conservarla en buen estado, ya que esto refleja reverencia y la idea de que descansará hasta ser colocada nuevamente en el nacimiento en diciembre.
Adicionalmente, algunas familias mantienen al Niño en el altar hasta Semana Santa, integrándolo en sus prácticas devocionales, como rezos y rosarios. Otros hogares cambian su vestimenta a lo largo del año, representándolo en diferentes advocaciones, como el Niño de la Salud, Niño Doctor o Divino Niño, según la devoción particular.
La Iglesia Católica ha mencionado que no existe una norma estricta respecto al lugar donde debe colocarse el Niño Dios después del 2 de febrero. Lo fundamental, señalan, es el significado espiritual y simbólico que cada familia otorgue a la figura, así como el respeto y la fe con que se conserve. La tradición del Niño Dios refleja la riqueza cultural y religiosa de México, donde las creencias se transmiten de generación en generación y se adaptan a las costumbres familiares. En todos los casos, el Niño Dios sigue siendo un símbolo de fe, unión y esperanza en los hogares mexicanos.