Sor Marta, monja benedictina de 29 años, comparte en sus redes sociales detalles de su vida en el Monasterio de Santa Cruz de Sahagún, en León, donde resalta aspectos históricos y cotidianos de la comunidad religiosa. Tras once años en el convento, combina su rutina de oración, trabajo artesanal y presencia digital para acercar su vida a miles de seguidores.
En una entrevista con SuperGeografía, Sor Marta explicó que ingresó a la comunidad a los 18 años, en busca de paz y espiritualidad, tras sentir una profunda sensación durante un viaje a Navarra. Su día comienza a las 6:00 de la mañana y termina cerca de las 22:30, con horarios que incluyen rezos comunitarios, oración personal y actividades del convento.
El monasterio alberga a once religiosas, cinco en formación, cuyo proceso de preparación puede durar hasta nueve años, incluyendo postulantado, noviciado y votos temporales. La hermana destacó uno de los espacios más singulares: el cementerio privado del convento, del siglo XVI, donde descansan varias monjas y al que las familias acuden para visitar a sus seres queridos, manteniendo viva la memoria de la comunidad.
Sor Marta subrayó que, a diferencia de los conventos actuales, en esta comunidad aún pueden enterrar a las monjas en su propiedad, lo cual refleja la continuidad histórica del lugar. Además, ella resaltó que su comunidad produce y vende dulces artesanales, como hojaldres, amarguillos y polvorones, que representan su principal fuente de ingresos y mantienen la autonomía económica del convento, ya que no reciben subvenciones gubernamentales.
En el ámbito digital, la monja utiliza sus redes sociales para mostrar aspectos de la vida monástica, desmitificar mitos y responder dudas, incluyendo visitas a espacios como las celdas, cuyo nombre proviene de la tradición monástica y no de cárceles.
Sobre su vocación, Sor Marta expresó que esta sigue siendo una elección diaria que se va formando con el tiempo, y que sentirse parte del Señor es un proceso constante. La monja concluyó con un toque de humor, afirmando que, aunque llevan una vida sencilla, también disfrutan de comidas normales como pizza, reflejando la humanidad de su comunidad.