Un sismo de magnitud 4.1 ocurrió este 10 de febrero a las 22:44 horas en el estado de Sinaloa, México, con epicentro en Benito Juárez, a aproximadamente 120 kilómetros al suroeste de la ciudad. Según información preliminar del Servicio Sismológico Nacional (SSN), el movimiento telúrico tuvo una profundidad de 3.9 kilómetros y ocurrió en las coordenadas 24.708° latitud y -109.201° longitud.
Hasta el momento, las autoridades no han reportado daños ni afectaciones derivadas del sismo, aunque recomiendan seguir las indicaciones oficiales y mantenerse atentos a futuras actualizaciones. La información proporcionada por el SSN es preliminar y podría ser actualizada conforme avancen los análisis.
El Servicio Sismológico Nacional enfatiza que los sismos no pueden predecirse con certeza, ya que no existe ninguna tecnología capaz de anticipar estos movimientos. México, por su ubicación tectónica en la Placa de Norteamérica, registra decenas de sismos diarios, en su mayoría de baja magnitud y de percepción imperceptible para la población.
La intensidad del sismo y su impacto en las comunidades varía debido a diversos factores, como el tipo de suelo, la distancia al epicentro y las características geológicas del lugar. Para estudiar y monitorear estos fenómenos, México dispone de sistemas como el Servicio Sismológico Nacional y la Red Acelerográfica Nacional del Instituto de Ingeniería de la UNAM, que se encargan de medir la magnitud, ubicar epicentros y registrar las aceleraciones del suelo.
Especialistas como el Dr. Jorge Aguirre González destacan la relevancia de analizar la respuesta del terreno ante sismos, pues diferentes tipos de suelo amplifican o atenúan las vibraciones. La precisión en las mediciones es clave para mejorar las estrategias de protección civil y construcción segura.
En la historia de México, eventos sísmicos de gran magnitud han causado graves daños y pérdidas humanas, como los terremotos del 19 de septiembre de 1985 y del 19 de septiembre de 2017, ambos en la Ciudad de México. Sin embargo, el sismo más potente registrado en el país fue el ocurrido el 28 de marzo de 1787 en Oaxaca, con una magnitud de 8.6 y un tsunami que afectó hasta seis kilómetros tierra adentro.
Estudios del Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (Cires) sugieren que futuros grandes terremotos, con magnitudes superiores a 8.6, podrían ocurrir en las costas mexicanas y centroamericanas, específicamente en la Brecha de Guerrero, donde se acumula gran cantidad de energía sísmica y la posibilidad de eventos catastróficos continúa vigente.