Las olas de calor, intensificadas por el calentamiento global, representan una amenaza creciente para la salud mental y neurológica de la población mundial. Estas temperaturas extremas, que superan los niveles normales durante períodos prolongados, no solo causan incomodidad física, sino que también afectan de manera significativa el funcionamiento cerebral y elevan el riesgo de trastornos cognitivos.
Estudios recientes y expertos en salud advierten que el impacto del calor no se limita a órganos vitales tradicionales; el cerebro, con su delicado equilibrio térmico y alta demanda energética, resulta especialmente vulnerable. La exposición prolongada a temperaturas elevadas puede desencadenar desde deshidratación y agotamiento hasta daños neurológicos graves, como el golpe de calor, con posibles consecuencias en funciones cognitivas y riesgo para la salud mental.
Las personas con condiciones neurológicas preexistentes, como epilepsia, esclerosis múltiple, migraña o antecedentes de accidentes cerebrovasculares, enfrentan un aumento en la gravedad de sus síntomas durante olas de calor. Además, el calor extremo altera funciones cerebrales esenciales, afectando la toma de decisiones e incrementando conductas impulsivas o agresivas. Aunque las neuronas solo experimentan un aumento de temperatura superficial de alrededor de 1°C, ese pequeño incremento puede impactar negativamente la transmisión de mensajes neuronales, comprometiendo el sistema nervioso.
El uso de ciertos medicamentos para tratar trastornos neurológicos y psiquiátricos también puede reducir la capacidad del organismo para regular la temperatura, incrementando el riesgo de hipertermia y complicaciones potencialmente mortales en condiciones de calor extremo.
Investigaciones indican que el calor intenso puede reducir la atención y vigilancia de quienes trabajan en exteriores, afectando su rendimiento y seguridad. Además, en regiones como Indonesia, donde las temperaturas nocturnas superan los 25°C, se han documentado comportamientos irracionales e impulsivos, complicados aún más en hogares con bajos recursos y sin acceso adecuado a aire acondicionado.
En los adultos mayores, la exposición prolongada al calor puede afectar la función del hipocampo, una región clave en procesos de memoria y aprendizaje, modificando la actividad de canales como el TRPV4, según estudios del Centro Médico de Defensa Nacional en Taiwán. Esto incrementa el riesgo de deterioro cognitivo en este grupo poblacional.
A nivel global, un informe conjunto de la Cruz Roja y la Media Luna Roja reveló que en 2024, cerca del 84% de la población mundial, equivalentes a 6,8 mil millones de personas, enfrentaron temperaturas extremas en un promedio de 31 días, cifra que continúa en aumento cada año.
Preocupa especialmente que menos de un tercio de los planes internacionales sobre salud y calor reconozcan los efectos del estrés térmico en la salud mental. Se ha registrado un incremento en suicidios, crisis epilépticas y hospitalizaciones psiquiátricas relacionadas con olas de calor, afectando particularmente a niños, adultos mayores y personas con trastornos mentales previos.
Expertos y organismos internacionales hacen un llamado a implementar medidas preventivas, como campañas de concienciación sobre los riesgos asociados al consumo de alcohol y drogas durante estas olas de calor, ya que estos factores incrementan la vulnerabilidad neurológica.
Asimismo, recomiendan crear refugios comunitarios en zonas con acceso limitado a aire acondicionado, dirigidos a grupos de riesgo, y fortalecer la vigilancia y el apoyo médico a pacientes con trastornos mentales durante episodios de altas temperaturas.
Un informe reciente advierte que el mundo aún carece de una preparación adecuada para afrontar las implicaciones del cambio climático en la salud mental. La adopción de estrategias adaptadas a cada contexto social se vuelve urgente para reducir el impacto de las olas de calor en la salud neurológica y cognitiva de la población, concluyen los expertos.