El primer ministro británico, Keir Starmer, atraviesa una etapa de intensa crisis política y pérdida de apoyo popular, situación que complica su continuidad en el cargo. El 9 de febrero, Anas Sarwar, líder del Partido Laborista Escocés, solicitó públicamente su dimisión, en medio de renuncias internas como las de Morgan McSweeney, jefe de gabinete, y Tim Allan, director de comunicaciones.
Mientras los miembros del gabinete expresaron su respaldo a Starmer —incluida Angela Rayner, exvicepresidenta del partido— la cohesión en Downing Street se ha visto seriamente afectada. La percepción generalizada es que el liderazgo del primer ministro está debilitado, con un manejo administrativo errático y un equipo de trabajo fragmentado. En las condiciones actuales, ningún posible sucesor ha presentado un plan convincente para abordar los problemas estructurales que enfrenta Gran Bretaña.
Starmer, catalogado como el primer ministro británico menos popular en décadas, enfrenta serios escándalos, incluido su polémico nombramiento de Lord Mandelson como embajador en Estados Unidos. La revelación de vínculos de Mandelson con Jeffrey Epstein y la supuesta participación en el compartir información confidencial durante la crisis financiera global generaron una crisis de confianza en el gobierno.
A pesar de estas dificultades, el liderazgo de Starmer ha logrado pocos avances en las principales prioridades de los votantes, como la recuperación económica y la gestión de la crisis social. La gestión de los servicios públicos, la crisis en finanzas del sistema social y la educación especial permanecen sin soluciones claras. La falta de propuestas realistas y la percepción de inacción han llevado a que el Partido Laborista tenga bajos índices de aprobación, incluso peores que en épocas de Liz Truss.
El partido, en oposición, ha adoptado posiciones poco realistas, como evitar subir impuestos a los trabajadores, pese a que las perspectivas indican un aumento en las cargas tributarias que podrían alcanzar niveles históricos. La política migratoria también ha sido un tema polémico, con promesas no cumplidas de reducir la llegada de migrantes a través del Canal de la Mancha.
El desgaste del liderazgo y la disfuncionalidad interna han provocado una pérdida de autoridad, a pesar de la mayoría en el Parlamento. La rotación del staff en Downing Street —que en 19 meses ha visto la salida de varios jefes de gabinete, ministros y directores de comunicación— refleja un gobierno sin proyecto definido ni estabilidad ideológica.
Los votantes perciben que nada ha cambiado, mientras el costo de vida sigue aumentando y las crisis políticas internas distraen al gobierno. La oposición, como Reform UK, liderada por Nigel Farage, mantiene una popularidad creciente, poniendo en riesgo la continuidad de Starmer. La incertidumbre sobre su sucesión se intensifica debido a que los posibles candidatos, como la viceprimera ministra Angela Rayner, Wes Streeting y Andy Burnham, enfrentan obstáculos políticos internos o legales.
Se anticipa que Starmer intentará consolidar su posición fortaleciendo su agenda progresista para mantener el apoyo de sus diputados, aunque ello no garantiza el éxito. Las próximas elecciones locales y la publicación de documentos relacionados con Mandelson podrían agravar aún más la crisis, poniendo en duda la estabilidad del gobierno y la viabilidad de un liderazgo efectivo en el corto plazo.