La depreciación del dólar estadounidense enfrenta a las economías dolarizadas de Centro y Sudamérica con nuevos desafíos en 2026, afectando la inflación, el comercio exterior y la estabilidad macroeconómica, especialmente en países como El Salvador, Panamá y Ecuador. La dependencia de estas naciones de las decisiones de la Reserva Federal limita su capacidad de respuesta ante las fluctuaciones internacionales, mientras enfrentan efectos diversos según sus particularidades.
En El Salvador, la dolarización genera controversia. El banquero hondureño Lenín Palencia advierte que la pérdida de política monetaria resta herramientas para gestionar crisis y mejorar la competitividad. Para el experto, el crecimiento sustentable depende de factores como productividad, seguridad jurídica y capacidad exportadora, más allá del régimen de tipo de cambio.
Por su parte, Panamá registró en 2025 un récord en exportaciones por casi 980 millones de dólares, el mayor en 16 años, aunque mantiene una alta dependencia de las importaciones, que sumaron aproximadamente 11 mil millones de dólares. Esto implica mayores costos para el consumidor y una posible transmisión de inflación, según Carlos Alfredo Araúz, economista y banquero, quien señala que la depreciación del dólar puede elevar el costo de vida en el país.
El escenario presenta una doble repercusión. Mientras incentiva el turismo, especialmente europeo hacia Panamá y El Salvador, también genera presiones inflacionarias en los precios internos, afectando la economía doméstica. La inexistencia de moneda propia limita la capacidad de ajuste ante shocks externos. El exviceministro ecuatoriano José Gabriel Castillo explica que una mayor dolarización centralizada reduce la flexibilidad de responder vía inflación o depreciación.
La política monetaria de Estados Unidos se vuelve decisiva para estas naciones, con expectativas de reducción en las tasas de interés en vista de las decisiones del país del Tío Sam. En Ecuador, la devaluación del dólar favorece la competitividad de las exportaciones agrícolas hacia Europa y Asia, pero también presiona la inflación y el costo de la canasta básica, afectando a los consumidores.
Jonathan Fortunde, del Instituto de Finanzas Internacionales, explica que un dólar débil puede aliviar presiones cambiarias, pero las vulnerabilidades estructurales persisten, con alta exposición a inflación importada que se refleja casi de inmediato en los precios internos.
En países como Costa Rica, con sistema bimonetario, la depreciación del dólar tiene efectos variados. Luis Vargas Montoya indica que una moneda más débil reduce costos de importación y mejora el pago de deudas en dólares para quienes reciben en colones, pero afecta a los exportadores y al valor del ahorro en divisas, además de incentivar el crecimiento del crédito en dólares, lo que puede incrementar riesgos macrofinancieros.
En Bolivia, la principal preocupación es la escasez de divisas y las restricciones del régimen cambiario. Fortune señala que un tipo de cambio administrado genera presiones sobre reservas, limitando importaciones y elevando la deuda en bolivianos ante una posible devaluación. Aunque algunos analistas consideran que una apreciación del dólar facilitaría las importaciones y controlaría la inflación, también afectaría la competitividad exportadora, fundamental para economías pequeñas y abiertas.
En resumen, las economías dolarizadas en América Latina enfrentan en 2026 un escenario marcado por dependencias externas, la falta de mecanismos propios efectivos y la volatilidad global. La gestión de riesgos, la diversificación de ingresos y la búsqueda de políticas que mitiguen los efectos de las fluctuaciones en el dólar serán claves para su estabilidad en el ciclo financiero próximo.