¿Alguna vez te has preguntado quién realmente celebra y mantiene viva la tradición del tamal en lugares como Ocoyoacac, Estado de México? La llamada 'Feria del Tamal de Ollita' que se realizará este 31 de enero ha levantado un enorme revuelo entre los habitantes del municipio.
Los residentes acusan que este evento, organizado por el Ayuntamiento, está siendo dominado por tamaleros foráneos, principalmente de Ciudad de México y Oaxaca. ¿La razón? Muchos consideran que la feria se ha convertido en un espectáculo elitista, con precios elevados y productos que, según ellos, lejos están de reflejar la auténtica tradición local.
“Si van a ser tamaleras originales, que lo sean de verdad. No personas que solo ese día se adjudican el nombre”, señala Any López, quien denuncia la falta de autenticidad en los expositores y el riesgo de que la verdadera esencia del tamal de ollita sea desplazada.
A solo cuatro días de la inauguración, también han salido a la luz que muchos de los tamales que se venden en la feria no corresponden a la tradición local. Verónica Cuevas, habitante de la cabecera municipal, expresó su molestia, ya que algunos puestos venden tamales oaxaqueños, canarios u otros estilos que distan mucho del sabor que se espera en una celebración del tamal de ollita.
“Si van a cobrar 25 pesos o más, por lo menos que tengan sabor; hay tamales que ya no saben a nada”, reclama, advirtiendo que muchos asistentes llegan con la esperanza de degustar un platillo auténtico, pero terminan con la decepción de comer una copia ‘chafa’.
El descontento también se extiende al método de selección y participación en la feria. Carlos Alberto Vargas Cortés, originario del municipio, denuncia que muchos ajenos a la actividad, en busca de aprovechar la fecha, se improvisan como tamaleros, relegando a los productores originales de Ocoyoacac.
“¿De qué sirve una feria del tamal si solo participan quienes ven la oportunidad de un día? La tradición debería estar en manos de la comunidad”, comenta.
Aunque el Ayuntamiento ha establecido horarios de venta —8, 12, 16 y 18 horas— y promocionado el evento como una experiencia cultural, los propios pobladores aseguran que lo que era una celebración tradicional se ha convertido en un evento puramente comercial, que desplaza a los verdaderos portadores de la tradición.
Para ellos, el problema no radica en la feria en sí, sino en quién la controla, quién la promueve y quién termina siendo excluido. La duda es si esta celebración refleja realmente la identidad culinaria de la región o si solo es un pretexto para generar ganancias a costa de la cultura local.