El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa que se transmite por vía aérea mediante gotas respiratorias y aerosoles cuando una persona infectada tose, estornuda o habla. Debido a su gran capacidad de propagación, las autoridades sanitarias señalan que la vacunación es la medida más efectiva para evitar su contagio; sin embargo, el uso de cubrebocas, especialmente en contextos de brotes o exposición cercana, puede actuar como complemento de protección.
Los especialistas coinciden en que los respiradores de alta eficiencia, como los modelos N95 y KN95, ofrecen la mejor barrera frente a virus que se transmiten por el aire. Estos dispositivos están diseñados para filtrar al menos el 95% de partículas diminutas en el ambiente cuando se ajustan correctamente al rostro. En comparación, los cubrebocas quirúrgicos brindan protección moderada, ya que bloquean gotas respiratorias pero no sellan completamente la cara, reduciendo su eficacia contra partículas menores. Las mascarillas de tela ofrecen un nivel de protección menor, cuya efectividad depende del número de capas y del ajuste al rostro.
Dado que el virus del sarampión puede permanecer en el aire por hasta dos horas en espacios cerrados donde estuvo una persona infectada, el uso de respiradores adecuados puede reducir significativamente el riesgo de inhalar partículas virales, especialmente en hospitales, escuelas o lugares concurridos. Sin embargo, el cubrebocas no elimina por completo el riesgo de contagio, que puede transmitirse a 12-18 personas susceptibles en contacto con una persona infectada.
En situaciones de brote, la Secretaría de Salud recomienda el uso de mascarillas en centros de salud, espacios cerrados, o durante contacto cercano con personas enfermas. Además, el uso de cubrebocas ayuda a prevenir que una persona infectada transmita el virus en su período periodico, que inicia días antes de que aparezca la erupción cutánea.
La prevención más efectiva contra el sarampión es la aplicación de la vacuna triple viral (SRP), que protege contra sarampión, rubéola y paperas. Esta vacuna forma parte del esquema nacional de inmunización en México y en otros países, administrándose en dos dosis con una efectividad superior al 95%. La vacunación contribuye también a la inmunidad colectiva, protegiendo a quienes no pueden vacunarse por motivos de salud.
Los síntomas iniciales del sarampión incluyen fiebre alta, tos, escurrimiento nasal y conjuntivitis. Posteriormente, aparecen manchas blancas en la boca (manchas de Koplik) y, días después, una erupción rojiza que comienza en el rostro y se extiende al resto del cuerpo. La enfermedad puede ocasionar complicaciones graves como neumonía, encefalitis o incluso la muerte, principalmente en menores de cinco años y personas con sistemas inmunitarios debilitados.
En conclusión, aunque los cubrebocas de alta eficiencia pueden ser útiles en situaciones de riesgo, la vacunación continúa siendo la estrategia principal para prevenir el sarampión y sus complicaciones.